Bitácora de Mario

Posiblemente el lugar preferido de encuentro para la familia y los amigos de Mario, el traductor errante.

10 mayo 2006

A mediados de diciembre de 2005, emprendí un viaje de vacaciones al sur argentino (Río Gallegos, Río Grande y Ushuaia) de diez días.

Durante el viaje de 36 horas en bus (desde Córdoba hasta Río Gallegos), vi terminales de ómnibus de todo tamaño y aspecto. Me gustaron las de Río Colorado y Puerto Madryn en particular. Finalmente, llegué a la terminal de Río Gallegos (der.), la cual había sido inaugurada hace poco.

En Río Gallegos vi a mis amigos cordobeses Maika y su esposo Pablo, quienes me llevaron a conocer las atracciones del lugar, como el único árbol de R. Gallegos (según dicen, jeje), las lanudas ovejitas camino a Punta Loyola y el afamado Marjorie Glen, un barco de casco metálico que encalló hace casi 95 años y que se está despedazando de a poco.

Los días veraniegos son ventosos pero largos. Más de una vez me sorprendía ver cómo el sol seguía brillando hasta bien entrada la noche (tipo 10 p.m.). Esos ocasos le otorgan a las ciudades del extremo sur patagónico un encanto romántico, apacible y, claro, luminoso.

Olvidaba acotar que vi guanacos, pelícanos, flamencos y otros bichos
desde el autobús en el que viajaba casi cómodamente. Digo casi porque la comida era espantosa. Un sánguich de jamón era más emparedado de pan con huella de fiambre que otra cosa.

Era posible dormir bien...hasta que el colectivo hacía una parada para que gente subiera o se bajara. En Río Cuarto, un matrimonio con dos chicos subió. El mayorcito, de unos 5 años creo, no cesaba de hacer preguntas a toda hora: que por qué el colectivo se paraba en la estación de servicio, que si sucedía algo malo, etc. Supongo que a la madre le estaba sacando canas de todas las tonalidades.

Mi ventaja era tener un asiento solitario al lado de la ventana, del lado derecho del vehículo. Por más que lo intentaba, las fotos que sacaba desde la ventanilla no salían bien, pues los objetos se movían a demasiado velocidad. No todos los objetos de mis fotos valieron la pena retratar: todo lo que obtuve de mi paso por General Conesa fue un cesto de basura municipal.

Río Gallegos me pareció pintoresca, pequeña y pacífica, con un casco céntrico bien chico. De la misma manera que casi todos los pueblos estadounidenses comparten Maine Street, así también R Gallegos adoptó calles que aparecen incesantemente en otras urbes argentinas: 25 de Mayo, San Martín, 9 de Julio, etc. Por supuesto, tienen calles muy locales, como Gral. Roca, etc. Me llamó mucho la atención la construcción de casas con techos de chapa pintada de varios colores. No es raro encontrar una casa color mostaza con un techo de chapa rojo. Ahora bien, el uso de chapa y no losa de cemento se debe a una razón bien práctica: las nevadas.

Durante mi estada en R Gallegos, me empeñé por probar las delicias culinarias locales, entre ellas, el cordero con papas. Para ello me dirigí al Club Británico (o antro de fumadores, como me gusta llamarlo). Este club, un cálido y ostentoso restaurante familiar, nada tiene de británico o inglés. Ni siquiera oí hablar a nadie en el idioma de los anglosajones. Qué raro. Pero la sorpresa fue recibir mi cordero con papas casi crudo; tuve que pedirle a la moza que me lo asara por un ratito más. Cuando lo trajo a los diez minutos, estaba bien cocido, quizás demasiado.